Me resguardo, luego existo: Apuntes sobre la peste del siglo XXI

b_420_0_16777215_00_images_punto-de-vista_octubre_Cynthia_Alarcn.jpg

¿La humanidad existe en la peste? ¿A dónde se han ido todos? ¿En qué lugar estoy? Escribo desde mi refugio, desde la buhardilla donde miro al mundo, no es una laguna lo que mis ojos miran, o los árboles que mece la tarde, no son las aves que traen consigo el silencio o el pez que danza entre las ramas. Escribo desde la angustia que me mantiene alerta, en palabras de Kierkegaard, desde la angustia que es “el vértigo de la libertad”. 

En esta cuarentena, estamos obligados a detener el ritmo de la rutina, a contemplar las cosas que viven dentro y fuera de nosotros, por un virus en forma de corona que ha besado a todo el mundo, y no es hipérbole, ojalá lo fuera, tampoco un videojuego, es el juego de la vida que nos insta a reencontrar nuestro lugar, a protegernos. El hombre da la cara al mundo, el hombre que busca su espacio en sí mismo, el hombre que no era otra cosa que su rutina, el hombre que medía su tiempo a través de un checador, de la pantalla ansiosa de un celular. No nos queda de otra, ¿o sí? 

 

Son tiempos reflexivos los que estamos viviendo, y ninguna peste viene a la humanidad porque sí, cada oscuridad trae consigo la victoria. ¿Cómo saber de lo que somos capaces si nunca se nos presenta el escenario idóneo, la crisis para trascender, para mirarnos las manos, los ojos, los nombres que son más que eso. 

 

Ernesto Sabato debe celebrar desde el más allá, pues por fin el ser humano se reencuentra con el ser humano, por fin deja los demonios de la urbe para abrazarse a sí mismo, para de nuevo conversar con sus seres queridos, vuelve milagrosamente a sus viejos libros, descubre un espejo delante de sí mismo y puede reconocer su rostro, pues “¿qué máscara nos ponemos o qué máscara nos queda cuando estamos en soledad, cuando creemos que nadie, nadie nos observa, nos controla, nos escucha, nos exige, nos suplica, nos intima, nos ataca?”. Podemos ser lo que somos alejados de lo que no somos. 

 

Creemos que los males nunca nos van a alcanzar, que las pestes se encuentran en la historias que no vivimos, que pertenecen a un pasado remoto, ajeno a nuestros tiempos, pero no, seres humanos, el virus nos alcanzó. Pensar en Camus no es gratuito, la manera en que su libro La peste retrató a la sociedad de su siglo, una sociedad individualista que no tenía noción del otro, del valor de la comunidad y la hermandad, una sociedad llena de hombres ambiciosos que buscan llenar sus vacíos con lo material y de ahí que siempre estén hambrientos de poder. ¿Te suena? Y mira que ya no es la segunda guerra mundial sino pleno siglo XXI. ¿De qué tienes hambre tú que hoy vives tu peste?

 

Leemos sus páginas y nos vemos retratados en su pluma: “Todo aquel tiempo fue como un largo sueño. La ciudad estaba llena de dormidos despiertos que no escapaban realmente a su suerte sino esas pocas veces en que, por la noche, su herida, en apariencia cerrada, se abría bruscamente. Y despertados por ella con un sobresalto, tanteaban con una especie de distracción sus labios irritados, volviendo a encontrar en un relámpago su sufrimiento, súbitamente rejuvenecido, y, con él, el rostro acongojado de su amor. Por la mañana volvían a la plaga, esto es, a la rutina”. ¿No será que la peor plaga es nuestra rutina? ¿No será que nuestro peor virus es no saber quiénes somos, a dónde vamos, qué queremos, qué soñamos, o siquiera si soñamos?

 

Hoy tenemos la oportunidad de cerrar los ojos para abrirlos hacia adentro, para entender que además del dolor y el asombro por los cientos de enfermos y fallecidos, este momento histórico tiene mucho que decirnos. Sí, el coronavirus es sumamente contagioso, y también lo es la apatía y el egoísmo, la falta de compasión por el otro, incluso, por uno mismo. ¿En qué siglo estamos parados? ¿Hacia dónde nos llevará esta cuarentena? 

 

Las escuelas seguirán educando a distancia, algunos trabajadores podrán contar con un sustento económico y tener el privilegio de guardarse en sus casas,  pero ¿y los que no? ¿Y los que viven al día? ¿Y los sin techo? Pero tranquilos, que no nos gobierne el miedo, más bien que nos ayude a despertar, para dejar de ser esos despiertos dormidos de los que Camus habla, hay esperanza en el hombre, en la mujer, en el niño, en el anciano, hay esperanza en una humanidad que en verdad sea humana, así de cierto lo tiene el filósofo: “Bien sé que el hombre es capaz de acciones grandes, pero si no es capaz de un gran sentimiento no me interesa”. 

 

Hoy podemos hacer mucho empezando desde dentro, pero que nunca el hacer nos aparte del amor, del sentimiento de compasión que implica padecer con el otro, despertar con el otro, amar con el otro, sanar con el otro, trascender con el otro. Y entonces, cualquier peste o virus tendrá sentido, más allá de los intereses políticos y la lucha de poder, pues como lo dijo Freud: “Un buen día, echando la vista atrás, se dará usted cuenta de que estos años de lucha han sido los más hermosos de su vida”. Que así sea, queridos lectores, que aprovechemos el encierro y el silencio que para algunos será ensordecedor, vamos a escucharnos, a mirarnos, a cuidarnos, a reencontrarnos con lo que somos, a convivir en familia y descubrir esos bienes espirituales que hacen que todo valga la pena, este es el momento de despertar, de renacer, de sanar. Carpe diem.

 

              

    

   

{loadposition date}