No te enojes con la lluvia

b_420_0_16777215_00_images_punto-de-vista_ffff.jpg

“Todo fluye”, dice Heráclito para aludir al cambio de las cosas, ese movimiento que no podemos detener por más que queramos. Esto en ocasiones genera ansiedad y frustración, sobre todo si ese cambio no depende de nuestras manos, si las cosas no cambian en el mismo rumbo que nuestros deseos. La vida es así, la vida es vida porque se mueve, los seres vivos no pueden permanecer estáticos porque mueren, así como una lengua que no se habla desaparece. 

Estos días de lluvia traen a mi mente una frase del gran y polémico escritor ruso Vladimir Nabokov: “No te enojes con la lluvia; simplemente no sabe cómo caer hacia arriba”. En un primer momento esto nos haría gracia, precisamente por lo absurdo que puede parecer pretender que la lluvia caiga como no cae, desoyendo la ley de la gravedad. ¿Cómo podría algo, sea lluvia o no, caer hacia arriba? ¿Cómo podría ir en contra de su (la) naturaleza?

¿De qué manera podemos enfrentarnos a los cambios, a las necesarias transformaciones de todo lo que nos rodea? ¿Cómo controlar la realidad externa si incluso la interna no siempre depende de nosotros? Sí, todos somos un cúmulo de sentimientos, somos afectados por el otro que también es reflejo de nuestro ser. Esta afectación es la pasión, que proviene de la palabra griega pathos.

Aristóteles define a las pasiones como “aquellos sentimientos que modifican al hombre hasta llegar a afectar sus juicios, y que van acompañados de dolor o placer”. Si nos afecta el juicio, seguro los actos también, porque somos seres integrales, somos un todo colmado de espíritu y cuerpo.

Según San Agustín, las pasiones nacen del amor, tales como el gozo, el dolor, el deseo y el temor. ¿En qué sentido lo que acontece puede trastocar nuestras pasiones? ¿Nuestra realidad interna está íntimamente ligada con la externa o depende de sí misma?

En otro orden de ideas,  Santo Tomás denomina apetitos sensibles, como la concupiscencia o la ira, a aquellos que mueven, inspiran la voluntad del ser. Sin embargo, ¿cómo podemos identificar las pasiones que nos hacen bien de la que nos hacen mal? Más allá del juicio moral, la reflexión puede muy bien verter su luz sobre nuestro entendimiento.

Tenemos derecho a sentir, es parte de nuestra naturaleza humana, así como de la lluvia caer y fecundar la tierra. Tenemos derecho a enojarnos, a volcarnos por el deseo hacia un objeto, a querer, a ejercer nuestra voluntad en medio de la lluvia o el sol. 

Finalmente, somos animales espirituales, animales que trascienden sus instintos, que son capaces de recogerse en sí mismos para dilucidar en torno a sus deseos, capaces de ejercer su deseo o no. Podemos dejarnos afectar por las cosas externas, pero siempre habrá al menos un camino, un instante por breve que sea, para volver a nosotros mismos, para mirarnos, para volver a mirar la lluvia con ojos nuevos, más despejados, más templados que reprimidos. Dejo estas preguntas para tu silencio, lector: ¿Cuál es la lluvia que me hace enojar? ¿Vale la pena mi enojo? ¿Expreso, al menos a mí mismo, las pasiones que me abrazan? ¿Soy dueño de mi voluntad? ¿Disfruto la lluvia? Carpe diem.

 

@Nihilvia

 

              

    

   

{loadposition date}