Cuarentena

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Hay momentos en la vida que el universo nos convida a realizar pausas, cerrar los ojos, respirar profundamente, hacer eso que llaman “dejar la mente en blanco” y buscar nuevas acciones para mejorar la calidad de vida y la buena relación con el entorno, aunque el medio ambiente sea agresivo con nosotros.

Para algunos la soledad es algo rutinario, fácil de llevar, una dicha, pero, Antolín Buenaventura, no pensaba igual porque en los últimos tres días, había experimentado todo lo contrario. Al principio había pensado que guardar la cuarentena por el coronavirus sería divertido, se imaginaba así mismo hacer los reportes sentado en la cama con la laptop en sus piernas, pero se le acalambraron, luego quiso redactar y grabar sus informes en calzones pero su jefe le pedía que se reportara por videollamada y siendo el encargado de un departamento, repetía tres y hasta seis veces la acción, siempre de improviso, por lo que tuvo que meterse unos pantalones de mezclilla y una camisa sport, eso sí, no uso corbata. También había pensado en ir cuantas veces quisiera ir al baño, acabarse el papel, no najar la palanca y quedarse casi un ahora leyendo sus mensajes en las redes sociales pero igual se le acalambraron las piernas, y después del primer medio día, se dio cuenta que no había hecho nada y tuvo que remar contra reloj para poner todo al corriente. Y en esa primera tarde, salió muy tarde de la oficina, sin embargo, no pasó a echar gasolina, ni a coquetear con la chica del Oxxo mucho menos a pasar su mirada buscando “nuevos carteles espectaculares” cuando pasaba sobre los puentes del periférico, simplemente, se tomó un vaso de agua fría, dos guineos, una imitación de emparedado y se fue a dormir, antes de cerrar los ojos, tuvo un retortijón en el flanco izquierdo del abdomen y se agradeció el haber comprado cien rollos jumbo de papel de baño de doble hoja.

 

El segundo día no cambio mucho la cosa, aunque se apuró con los pendientes y justo a la hora de la comida, descubrió que no tenía nada que comer, llamó a la fonda de Doña Martita… cerrado, estaba a dieta de pizzas y los tacos de Paisas no aceptaban tarjetas, ¡terror al descubrir que no tenía dinero en efectivo! Abrió un par de latas de atún, una bolsa de verduras congeladas y un kilo de mayonesa para que le alcanzara para comida, cena y desayuno. Una junta de última hora le hizo regresar a las corbatas y acostarse nuevamente hasta media noche. Se acabó el pan Bimbo.

 

El tercer día meditó en que algo raro le ocurría cuando se descubrió así mismo primero hablando con las llaves de la regadera, luego regaño al mueble donde guardaba la despensa, y cuando recapacito que le había gritado al teclado de la computadora por hacer mal un cálculo de impuestos, dio un brinco y tomó la última cerveza del refrigerador, se asomó a la ventana y no vio más que las calles vacías y uno que otro perro persiguiendo a las pocas palomas. Tuvo ganas de salir a trotar al parque, de perfil reparar la llanta ponchada de la bicicleta, de salir por un helado, de regresarle el saludo a la señora de la lavandería, de llamarle a Eli y sentarse juntos en banqueta a tomarse una “fría”, a respirar con agrada el olor a ciudad, pero no podía. Sujeto con las dos manos el barandal en el balcón y empezó a cantar el “cielito lindo” con tanto sentimiento, que escurrieron un par de lágrimas por sus ojos, por un momento pensó que los vecinos saldrían a la calle y cantarían con el en un coro ciudadano pero le respondieron con gritos como “ya cabrón, cállate! ¡No seas ridículo! ¡Ni que fueras europeo! Hasta los pocos perros en la calle le ladraron o aullaron.

 

Suspiró, dejó de cantar, y regresó a sentarse frente al monitor de su laptop a mandar los documentos que le habían pedido en calidad de urgente, empezó a teclear con prisa porque, solo faltaban dos horas para su hora de salida y como veinticinco días de cuarentena. 

 

              

    

   

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